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TRES CONVICCIONES DEL APRENDIZ DE APÓSTOL

El ser apóstol nace de la llamada y el envío por parte de Dios. Todo estamos llamados a serlo. Nuestra vida cristiana crece en la medida en que vamos caminando como discípulos, siguiendo a Jesús, y como apóstoles, compartiendo su misión. Para experimentarnos aprendices de apóstoles necesitamos descubrir la conciencia de envío, es decir, descubrir que Dios cuenta con nosotros para ser prolongación de Jesucristo y de su Iglesia.

Contemplando cómo Jesús se experimentaba enviado y apóstol del Padre, podemos reconocer que vivía tres convicciones fundamentales. La primera es que para él todos eran destinatarios del anuncio del Reino. Creía que todas las personas, ahí donde estaban y como estaban, podían tener un encuentro con el Dios de la vida.  La segunda convicción que enseña Jesús es que sus encuentros fueron completamente personalizados. No solo predicaba la muchedumbre sino a personas concretas desde su sensibilidad, momento e historia. Y la tercera es que Jesús hacía notar la empatía, se ponía en el lugar de los demás para anunciarles a Dios

La primera convicción responde al deseo de Dios por llegar a todas y cada una de las personas. Esto supone que allí donde se esté y cómo se esté, se puede dar este encuentro. Hay muchos ejemplos de cómo Jesús encarnó esta convicción. Podemos destacar, por ejemplo, el encuentro con Mateo, el recaudador de impuestos. Jesús se acercó a él en su ámbito laboral y con su situación vital lo llamó e invitó a ser parte de la comunidad que iba formando. 

Jesús en ningún momento condicionó a nadie para encontrarse con Él. Así mismo, el apóstol necesita estar abierto para ser posibilitador de encuentros, en especial con las personas que lo pasan mal o se encuentran más alejadas de Dios y de la Iglesia. Una frase que ayuda a interiorizar esta convicción es “Dios te ama como eres, pero te sueña de forma diferente”. Dios desea que se despliegue lo mejor que hay sembrado en el interior de cada persona. ¿Resuena en ti alguien a quien puedas, desde esta convicción, salirle al encuentro para posibilitar su encuentro con Dios?

La segunda convicción es la importancia de la personalización de todo proceso en la fe a través de la cercanía y el acompañamiento. Es lo que podemos llamar el “tú a tú”. Cuando Jesús se acerca, por ejemplo, a la samaritana no le habla de la pesca, de la semilla de mostaza o del buen pastor; la interpela con su propia vida, con sus inquietudes y deseos hasta que se produce el encuentro que le permite reconocer al Mesías. 

El apóstol o misionero necesita conocer al otro para poder dar una palabra de vuelta y presentarle a Dios. Estar con las personas, acercarnos a ellas desde la pregunta,  “¿qué haría Jesús? ¿qué le diría Jesús? ¿qué acontecería en torno a Jesús?” puede iluminarnos.¿Cómo podrías crear un encuentro personal entre Dios y alguna persona cercana a ti, siendo tú el medio por el que Dios se haga presente?

La tercera convicción es dar razón de nuestra fe poniéndonos en el lugar del otro, desde su propia situación vital, formulando nuestra experiencia con un lenguaje que el otro pueda comprender. Esto implica estar abiertos a dejarnos interpelar y estar disponible ante sus búsquedas, necesidades o inquietudes. Lo importante es poder tener la palabra o el gesto oportuno que posibilite la experiencia de encuentro con Dios. Un ejemplo podemos descubrirlo en la viuda de Naín.  Jesús al verla sufrir una pérdida, empatizo con ella y tuvo el gesto de devolverle la vida de su hijo. 

Dicen que “un gesto vale más que mil palabras”, pero también las palabras tienen la capacidad de sanar, liberar, reconstruir, transformar, guiar, animar, etc. Jesús, al empatizar con cada persona que se encontraba, posibilitaba que pudieran ser alcanzados por la gracia. ¿Qué gesto o palabra podrías tener con esta persona que se te confía, para que se pueda encontrar con un Dios vivo?

Como aprendices de apóstoles del Señor, tomemos estas tres convicciones que vivió Jesús. Sintámonos invitados a apropiarnos de ellas para mostrar un nuevo rostro de Iglesia que haga visible a Dios con nuestra persona, y ahí donde se despliega nuestra vida.  

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