En el camino de la fe, el Señor nos invita a ser sus discípulos, es decir, a seguirlo a Él. Esto implica una decisión personal que alcanza el conjunto de nuestra vida. Por eso requiere de generosidad y valentía para recorrer una nueva travesía. Pero ser discípulo conlleva también necesariamente ser apóstoles, es decir, misioneros y testigos para compartir aquello que vamos recibiendo. ¿Dónde prolongar lo recibido? No hace falta ir lejos.. los propios ámbitos de vida cotidianos son espacio de misión.
¿Qué es ser discípulo?
Ser discípulo nos da una nueva identidad, porque seguir los pasos de Jesus es acercarnos a sus actitudes, estilo de vida, manera de relacionarse con Dios Padre. Por eso, implica en nosotros una disposición interior para aprender. El discípulo que sigue a Jesus poco a poco va siendo alcanzado y transformado por la acción de su Espíritu. Esta nueva identidad nos va dando una nueva forma de autocomprendernos en medio el mundo.
No se puede ser discípulo sino cultivar una relación de amistad profunda con Jesús, sin acercarnos a su Palabra. En ella encontramos la fuente inagotable donde conocer a Dios. Para el discípulo tan importante es la oración personal como la comunitaria. No podemos seguir al Jesús solos Necesitamos de otros con los que compartir descubrimientos, caídas, sueños, nuevos comienzos…
Para el discípulo, la palabra de Dios es la fuente desde las que poder vivir con más sentido, sabiduría, amor. En el evangelio encontramos una escuela de vida donde la humildad, la compasión y la escucha desinteresada se convierten en las piedras angulares del camino. Pero, en último término, no seguimos un mensaje ni unos valores, seguimos a Alguien con el que nos hemos encontrado y nos ha seducido: Jesus de Nazaret.
¿Qué es ser apóstol?
Una vez que nos sabemos discípulos amados del Señor, surge el llamado a convertirnos en apóstoles. El apóstol es aquel que es enviado, el que lleva consigo la buena noticia y el amor que ha recibido, para compartirlo con todos. Es mensajero de un Amor que le procede, y dinamizador de cambio en su entorno. El aprendiz de apóstol está llamado a ser testimonio vivo de lo que ha supuesto encontrarse con Jesús.
El apóstol no solo se dedica a proclamar con palabras, sino que su vida misma ha de convertirse en testimonio de la fe que confiesan sus labios. Su presencia está llamada a ser significativa allí donde está, no porque sus palabras o acciones sean espectaculares, sino por la autenticidad de vida que transmita. Lo que hace a un misionero creíble, es la pasión de un corazón alcanzado por Dios. Por eso, el aprendiz de apóstol no es alguien perfecto ni distante, sino todo lo contrario. Es alguien cercano que trata de encarnar en su vida lo acogido de Jesus para irradiarlo y contagiarlo.
Discípulos y aprendices de apóstoles en el día a día
El camino de ser discípulo y apóstol van de la mano. A más discípulo, más apóstol; a más apóstol, más discípulo he de ser. En esta síntesis de vida, podremos ponernos en camino con el deseo de ser el Evangelio vivo que otros puedan leer.
Ser discípulo y apóstol supone, por tanto, saber caminar con humildad y valentía, anunciando la buena noticia, comprometiéndonos con ella. Es beber de la palabra De Dios tratando de hacerla también accesible a otros. Cada paso es una oportunidad para crecer, cada encuentro es una invitación para servir, cada momento es una bendición para ser conscientes de la gracia de Dios que habita en cada uno de nosotros.
Desplegar plenamente nuestra condición de discípulo y apóstol es una tarea permanente. Que nuestro camino sea un reflejo del SI dicho a Jesús y nuestro servicio sea un faro de esperanza para el mundo. Que podamos descubrir que ser discípulo y apóstol no es solo un llamado, sino también una gracia y una bendición.