El primer anuncio es un término que se abrió paso desde que en 1975 fue usado por Pablo VI en la “Evangelii Nuntiandi”. Francisco lo volvió a retomar con fuerza en la “Evangelii Gaudium” (2013).
El primer anuncio tiene que ver con lo que muchos llaman el anuncio del kerygma. “Kerygma” es una palabra griega que significa anuncio, pregón, proclamación. De alguna manera cuando hablamos de anuncio del Evangelio, de proclamación del kerigma o de primer anuncio estamos hablando a grandes rasgos de lo mismo. Se trata de anunciar lo que es el corazón o el núcleo de la fe.
Utilizar la expresión de primer anuncio tiene al menos dos ventajas. En primer lugar, no es un término griego que tengamos que traducir para hacerlo entendible. En segundo lugar, acentúa que la experiencia cristiana requiere de una “propuesta oral”, una palabra de invitación acompañada del testimonio de vida.
Antes de anunciar un mensaje los cristianos anunciamos a una persona, Jesús, Dios hecho hombre, que ha muerto y resucitado por nosotros. Esta es la principal novedad de la que somos portadores como mensajeros: el ofrecimiento de una nueva vida e identidad a partir del encuentro personal con Jesucristo.
El primer anuncio ha de llevar al encuentro con Jesús donde poco a poco se vaya dando un proceso de seguimiento y adhesión vital a El como Dios y Señor de la vida. De ahí surgirá luego el proceso catequético, la iniciación en los sacramentos, la experiencia de comunidad, o el compromiso misionero. Por tanto, en el primer anuncio no se trata sólo de posibilitar una primera e incipiente fe, sino también de poner los cauces para alimentarla y posteriormente renovarla.
En esta tarea del primer anuncio todos los bautizados tenemos un papel fundamental. El primer anuncio es una forma de ejercer esa dimensión profética que tenemos por nuestro bautismo. En medio de nuestros ámbitos de vida somos posibilitadores a través de nuestros gestos, palabras y acciones de este despertar a la fe. Nos mueve la convicción de que todos estamos llamados a descubrir el amor transformante del amor de Dios. Hablar de primer anuncio no significa que los únicos destinatarios sean los no creyentes. No es un anuncio que escuchar una primera y única vez. Es una invitación que ha de personalizarse en cada momento, pues la fe necesita ser anunciada de diferentes maneras.
Este anuncio del kerygma en la vida cristiana tiene 3 funciones principales. En primer lugar el primer anuncio es el punto de partida, la puerta que nos abre a la experiencia de encuentro con Dios. En segundo lugar, es también el fundamento permanente y principal de toda la vida cristiana. Y, por último, es el criterio de interpretación desde donde afrontamos la formación, la misión, la teología, etc
Como nos dice la Evangelii Gaudium: “Nada hay más sólido, más profundo, más seguro, más denso y más sabio que ese anuncio. Toda formación cristiana es ante todo la profundización del kerygma que se va haciendo carne cada vez más y mejor, que nunca deja de iluminar la tarea catequística, y que permite comprender adecuadamente el sentido de cualquier tema que se desarrolle en la catequesis. Es el anuncio que responde al anhelo de infinito que hay en todo corazón humano. La centralidad del kerygma demanda ciertas características del anuncio que hoy son necesarias en todas partes: que exprese el amor salvífico de Dios previo a la obligación moral y religiosa, que no imponga la verdad y que apele a la libertad, que posea unas notas de alegría, estímulo, vitalidad, y una integralidad armoniosa que no reduzca la predicación a unas pocas doctrinas a veces más filosóficas que evangélicas. Esto exige al evangelizador ciertas actitudes que ayudan a acoger mejor el anuncio: cercanía, apertura al diálogo, paciencia, acogida cordial que no condena” (EG 165)