Pensar que la misión de la Iglesia es sólo para sacerdotes, religiosas o misioneros, es una idea del pasado. Ya desde el Concilio Vaticano II se ha venido hablando del papel fundamental que tiene el laico en la misión evangelizadora de la Iglesia. El papa Francisco ha insistido en la invitación a ser una “Iglesia en salida”, haciendo referencia a que todo bautizado tiene la tarea y la misión de evangelizar, siendo buena noticia para los más próximos, especialmente los que menos saben de Dios y peor lo están pasando.
El llamado a la corresponsabilidad está dirigido a todos aquellos que conformamos la Iglesia. Supone renovar en el aquí y el ahora el envío de Jesús a sus apóstoles: “Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos” (Mt 28). Para responder a esta invitación del Señor, hace falta la escucha de aquello que va resonando en el interior, descubrir concretamente dónde hace falta ser misionero.
Muchas veces se cree que solo se puede hacer misión en lugares lejanos, donde hay mucha carencia material. Pero no hace falta viajar a miles de kilómetros para encontrarnos con alguien que vive en la marginación, la pobreza, la exclusión; o que no se experimente amado, seguro y valioso para este mundo; o que se halle necesidad, aun sin saberlo, de un encuentro con Jesús que le transforme la vida.
Como aprendices de apóstoles, necesitamos contemplar más al Señor, para ver cómo se dejaba conmover y alterar por aquello que pasaba en su entorno más cercano (Por ejemplo, al presenciar cómo era juzgada y casi apedreada una mujer adúltera, al ver a una viuda llorando la pérdida de su hijo, al contemplar una multitud cansada y hambrienta, etc). Pero Jesús no se quedaba en la contemplación, sino que daba un paso más y tenía un gesto o palabra con cada uno de sus destinatarios. Sabía actuar y hacer de la misión del Padre algo real y concreto.
¿Qué supone vivir esta corresponsabilidad en la misión de la iglesia?
- En primer lugar, supone recordar que somos miembros activos de ella. No sólo somos destinatarios sino también agentes que viven la madurez de su fe.
- En segundo lugar, supone vivir la convicción de que allí donde estamos somos posibilitadores del encuentro entre el Señor y las personas. El desea seguir saliendo al encuentro de todos, y de hecho está presente en el mundo actuando y dejándose intuir.
- En tercer lugar, supone poner al servicio de otros los dones y talentos recibidos, con la conciencia de que formamos un solo cuerpo y todo él hace presente la realidad novedosa del Evangelio.
- En cuarto lugar, supone poner en el centro la llamada de Dios, saliendo de nuestras comodidades, tentaciones o complejos. Así como fue el motor de la vida de Jesús, estamos dispuestos a que lo sea de la nuestra.
Todos desde nuestra raíz bautismal podemos convertirnos en un puente entre las personas y Dios siendo un signo visible de su presencia: anunciando y convocando, irradiando y atrayendo, denunciando y transformando. Todo ello a través de actitudes tan precisas como la acogida o el acompañamiento: contagiando, incluyendo, quitando impedimentos, afrontando retos…
Si te ayuda, busca un momento tranquilo de oración para presentar al Señor aquellas personas con las que compartes la vida habitualmente. Toma conciencia de que el Señor cuenta con tus gestos y palabras, con toda tu persona. Siendo apóstol en tus ámbitos de vida puedes sentirte corresponsable con la misión de la Iglesia y el deseo del Señor de que todos vivan un encuentro personal con el Dios de la Vida y del Amor.
Juan Pablo II decía que “la misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones”. Vivir en estado de misión y asumir responsabilidades, reafirma nuestra fe y nos ayuda a renovarnos también personalmente. Nos ayuda a fortalecer nuestra identidad de cristianos, y a descubrir nuevas causas por las que vale la pena entregar la vida. “¡Qué hermosos son los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas!” (Rom 10,15)